miércoles, octubre 18, 2006

domingo, abril 30, 2006

Si ya se, pero eso quesssss...! (acerca de Les Luthiers)

Voy a intentar explicar esto dentro del concepto de lo que se supone que se puede encontrar en este blog, que generalmente se trata de intimidad y mis escritos. Debo reconocer que hace mucho tiempo que tenía ganas de escribir acerca de Les Luthiers. Para mi resulta de gran importancia hablar de una de las aficiones que transformaron mi vida y que influyeron decisivamente en la forma de ver la vida y el mundo. Les Luthiers es, para quien no los conozca, un grupo argentino de humor musical, un conjunto de músicos, comediantes y creativos excepcionales, me arriesgo a decir que en el habla hispana no existe otra agrupación con mas trayectoria que combine humor y música. Son los creadores de personajes tan inolvidables como Johann Sebastian Mastropiero, Manuel Darío, Huesito Williams o Hans Glockenkratz. La genialidad de estos artistas de fama internacional estriba principalmente en la capacidad de crear piezas musicales de gran valor artístico, obras que aparentan ser creadas para conjuntos de musica docta y acompañadas de arreglos vocales de increible factura, para mezclarlas con historias y juegos comicos que utilizan el absurdo como materia prima. Y su interpretación además es realizada con instrumentos hechos con los materiales mas extraños. De ahi su nombre de "Luthiers", que es como se llama quien fabrica instrumentos. (Lo de Hugo Varela no es coincidencia creo yo)
Claramente constituyen un espectáculo que no puede ser digerido por todos los públicos. Podríamos hablar también de un "humor docto". Pero su trabajo es tan amplio, que es posible disfrutarlo desde diversos ángulos. Yo recuerdo haberlos escuchado por primera vez en 1994 (una cassette pirateada que había pasado de mano en mano y que compartimos esa vez con mucha gente en un carrete que nunca olvidaré...), y haberme matado de la risa con "Hacen muchas gracias de nada", especialmente con "Cartas de color" que es lo que cierra el show. Nunca los había visto, pero el sólo escucharlos fué como aprender a escribir, un nuevo horizonte se había abierto a mi imaginación. Desde ese entonces que me volví un adicto al humor de Les Luthiers. Claro que tengo preferencias en su trayectoria, yo personalemte prefiero el período cuando Ernesto Acher formaba como el sexto luthier. Las composiciones tenían una calidad en ese entonces, que no han podido reproducir con posterioridad al alejamiento de Acher. (Quien dicho sea de paso, pasa mucho tiempo del año en mi ciudad, Concepción, relacionado con la Sinfónica)
Por supuesto que cuando los ví por primera vez, fué impactante. Ahí me dí cuenta que lo que yo había escuchado no era nada comparado con el poderoso efecto que producen en vivo. No puedo decir que su desempeño de comediantes sea parejo, claramente la dupla Rabinovich-Mundstock es el pivote donde se apoya en gran medida la comicidad del grupo. Pero eso no significa que los demás sean malos, lo que pasa es que esos dos son para desternillarse.
Hay quien se pueda preguntar como es posible que algo que parece tan simple como un poco de humor puede influir tanto en la vida de alguien. Tengo una respuesta tentativa. Yo, como casi todos los niños, sentía fascinación por todo lo humorístico. Contaba chistes, me gustaban las bromas, los cuentos graciosos. Junto con eso, apreciaba grandemente los productos culturales tales como el ballet, la ópera, los conciertos. Y por supuesto eran campos que solía disociar, ya que tenía por deformación cultural la percepción de que el arte era una cosa para tomar muy en serio. Los Luthiers tuvieron la virtud de amalgamar bruscamente estos ámbitos, y enseñarme que el humor no necesita ser grosero, burdo o fácil, y que además podía convertirse en un elemento que embelleciera la vida en todas sus expresiones. Ellos me dieron un atisbo acerca de lo que significa la creatividad en serio, y seriamente me hicieron reir como nadie.
Como dije antes, no es un humor para todos. Lamentablemente se trata de obras que parten del supuesto de un nivel de educación base que la verdad excede el promedio. He intentado compartir mi colección de DVD´s con mucha gente y bueno, la mayoría de las veces se me quedan mirando como diciéndome "¿¿¿pero de que mierda te ries????". Claro, no hay mucho doble sentido, ni una sola grosería, hay mucha música, en fin..., imposible que le guste a todo el mundo. pero me he fijado en una cosa, que a la gente que me importa en la vida si le ha gustado. No ha de ser coincidencia, sino todo lo contrario..., ha de ser coincidencia.

lunes, febrero 20, 2006

Soy otro


He sido tímido alguna vez, pese a las apariencias. Recuerdo que cuando pequeño mis compañeros de curso se entretenían haciendome sonrojar cuando me tocaba hablar en clase. En el fondo no eran mas que una jauría de bestiecillas malévolas vestida de cotonas blancas esperando una oportunidad para probar la sangre de un inocente como yo. Cuando llegaba el turno de levantarme y salir al frente o leer la tarea, un tenue siseo empezaba a aumentar en un crescendo de olla a presión que automáticamente disparaba el color de mi cara hasta llegar a un violáceo imposible. Como yo soy porfiado, y para mas colmo en aquel entonces era muy buen alumno, pasaba casi todos los dias al pizarrón o bien me hacían leer en voz alta, lo que estableció una mecánica diaria a la que hasta los profesores se acostumbraron. Supongo que esa perversa mini tortura cotidiana tuvo el efecto de revestir mi miedo al ridículo con una gruesa capa de paciencia y pachorra, la que hoy me permite dar un paso adelante aunque por dentro muera mil veces de pánico, la misma piel de rinoceronte que me aleja del pudor y el decoro, ese ropaje que disfraza el susto público con una imitación de personalidad extrovertida y social.
Pero siempre queda esa sensación de estar parchando una inadaptación, cerrando la ponchadura de mis inseguridades con una goma que a veces marea, pierde y confunde. Sucede que a veces no estoy muy seguro que en el fondo yo sea el que se muestra, que aquella mueca que represento diariamente en el teatro de mis conveniencias tenga alguna relación con el tipo que guardo adentro y que a veces me pregunta en silencio que he hecho de mi. Si acaso el hombre que he construido con mi cara tiene el alma prendada de los mismos sueños o los transó por diversas especies de cuerpo incierto.
No estoy seguro de ser yo mismo. Tengo mis recuerdos, pero creo que antaño soñaba mas, deseaba mas alto y creía mucho muy profundo. Hoy tiendo a conformarme con menos, a renunciar de antemano, a negociar perdiendo.
Por eso, me hago una invitación urgente. Voy a buscar sueños olvidados, me invito a soñar despierto, a cantar para mi, a tirar de la manta por mosquear, a no conformarme. A ser en resumen el que me gusta ser y no el que se pueda. Si he de morir, espero estar bien vivo cuando ocurra.

sábado, febrero 18, 2006

El roce secreto de tu piel



Por alguna razón éramos tu y yo metidos bajo esas frazadas en lo mas profundo de la noche, justo antes del amanecer. El porqué estábamos allí no importa ahora, pero desde un principio fue inminente que un naufragio haría ahogarse a mi alma en el escorzo de tu humanidad. Hacía tiempo ya que deseaba aunque fuera tan sólo rozar la morena fiereza de tu piel, y entonces sin buscarlo, o tal vez buscándolo un poco, mis dedos se encontraron torpemente en tus hombros, simulando un no se qué de acompasado masajeo, al tiempo que mi propio compás vital se suspendía hasta el silencio mortal y la vida vibraba trémula en el febril acápite que era el comienzo del fin de tu espalda. Comenzaron a recorrer casi como al descuido mis dedos sobre la curva cerrada de tus caderas, lento al principio, sólo con las yemas y un leve temblor de mi cuerpo al descubrir cada rincón de las dunas suaves y candentes, Sahara de placer, entregado a la exploración del aventurero, el calor de saber y aún así no pensar, un fuego de negra y ardiente incontinencia que se concentraba en mis falanges y se derramaba por todo el universo, donde yo creía escuchar como una invitación el susurro invisible de mis manos recorriendo sin inocencia toda la extensión de tu espalda.
A cada roce, tu respiración saltaba hacia un abismo. Con cada toque, tu rostro se hundía en mi pecho, buscando el aire que le faltaba al resto de tu cuerpo. Tu corazón galopaba como una bestia asustada, y no era simple miedo a lo que pudiese ocurrir, sino la angustiosa certeza de la incertidumbre, el ansia por unas manos ajenas hechas en ese momento para recorrer los paisajes imaginarios de tu anatomía. Busqué como un animal el olor de tu pelo, y me encontré con un aroma tan propio, tan sencillamente familiar, que entonces me di cuenta de que por alguna treta, una jugada del destino, había vuelto maravillosamente a casa, y estaba justo donde la casualidad me puso, pero también en el único lugar donde en aquel momento podía realmente estar.
¿Soñabas entonces con mis manos, que comenzaban a sondear los fondos ocultos de tu ser?, ¿Tenía rostro mi cuerpo para ti?. En ese momento comenzaste a tocarme tu también, y mis formas supieron de tus caricias huérfanas, de tus manos fuertes en busca de la huella de mi ser, de los círculos de brillante humedad que iban y venían en mi mente como una lenta y silenciosa canción de las mareas de un océano oscuro, palpitante e hipnótico que creaste sólo para mi con la punta de tus dedos. Poco a poco tus manos se fueron deteniendo, y con ellas el tiempo dejó de existir. Al final, eran nuevamente mis manos en tu cuello, mis manos en tu espalda, mis manos en tu cintura, mis manos en tus caderas, y otra vez era la acezante violencia de tu respiración, tu pecho que brincaba contra el mío, tus labios que entreabiertos pedían algo que no lograban articular.
Abandonado a mi suerte, me lancé en la odisea de la exploración. Mis manos fueron batiscafos avezados, tal vez herederas de la tradición de Costeau y la húmeda inmensidad de su mar adorado, o tal vez de Livingstone y el extravío adrede en la vorágine demencial de la selva tórrida y hambrienta. Estaba perdido, ensimismado, ya no era yo, eran sólo mis manos que buscaban un centro inexistente, algo donde terminar aquella insana locura de placer, un lugar donde hacer descansar el arrollador desquiciamiento de tocarte y no verte, de encontrarte sin haberte perdido, de reconocer tu aroma y tus formas como si alguna vez tu deseo y el mío se hubiesen conjugado en otro tiempo y lugar para darse cita allí, en el increíble punto del universo donde era posible el roce secreto de tu piel.
El crescendo era insoportable. Algo se iba a romper en ese aire cargado de presagios tibios con olor a sudor y ganas. Y de pronto, como un niño sorprendido en falta, temí. Tuve miedo, el pecado de los cobardes y las bestias, el temor que acecha a los que se aventuran mas allá del umbral de los misterios, y consciente de ti, de mi, del vértigo que me dominaba, y de todo cuanto nos rodeaba, titubeé.
Todo se disipó. La realidad de golpe duele, y yo, que puedo ser un animal, pero un animal educado al fin y al cabo, te sonreí como se sonríe cuando lo que uno quiere es morir, llorar e incluso perderse para siempre entre los deltas oscuros del cuerpo de una mujer. Te di un abrazo, cerré mis ojos, y te acaricié el cabello hasta hacerte dormitar entre mis brazos, pensando que nada en el mundo me habría sacado de allí, y que tal vez sólo lo soñé, que nunca te toqué, que en realidad siempre estuvimos así, tu dormida y yo acariciándote el cabello, aceptando con resignación que la realidad misma es un concepto equívoco cuando lo que respira frente a ti es la encarnación misma del deseo, enredado bajo unas frazadas en lo mas profundo de la noche, justo antes del amanecer.

jueves, noviembre 24, 2005

Juega conmigo...


Si no tuviera miedo, no escribiría estas líneas cobardes. Sé que no sabes de que hablo, porque nunca has estado cerca de la muerte cierta del alma (tal vez un poco agónica durante poco tiempo, aunque se que las cicatrices quedan y no te permiten olvidar completamente), y tampoco sabes que te busco casi religiosamente, tratando de aparentar algo casual y desinteresado. La verdad es que mi juego es arriesgado, y me siento como Bond, James Bond, jugándome un lance muy peligroso en la ruleta del destino ("fumando espero una muerte que no quiero, y mientras fumo el cerebro me echa humo" decía una canción por ahi...). Soy, en buenas cuentas, un vicioso del mírame y no me toques, un empedernido "gambler" del abismo que me dejas cuando te acercas manteniendo las distancias, soy el medidor del espacio vacío entre nuestros cuerpos y nuestros corazones, el sentido de lo ignorado, la premisa oscura y desplicente que ahoga en silencio las palabras que ningún sonido puede reproducir. Y si pudieses ver esta ciudad con mis ojos, podrías ver como paulatinamente la he ido pintando con tus pálidos colores, cómo le estoy encajando recuerdos espurios bajo el pavimento, cómo le estoy cambiando el significado a cada esquina, cómo han ido tornándose los aromas al mismo sabor cerrado de la brisa que guarda tu pelo. Alguien me dijo que perdía el tiempo miserablemente buscándote, que no había nada en el mundo que hicera que te fijaras en mi. Lo paradójico es que estoy al tanto, nadie mejor que yo sabe que mis posibilidades contigo se acercan dramáticamente al cero. Pero no puedes negar que tu sabes que yo se que sabes. Eso basta para comenzar el juego, y hacer placentera la partida.

También se me ha dicho que busco al rival mas débil. Yo creo que es al revés, porque contigo no tengo ninguna certeza. Ese mismo alguien me dijo que las relaciones se dan entre quienes se admiten entre si rápidamente, como un acuerdo inmediato que no deje lugar a dudas. Ese alguien no ha experimentado la zozobra de no saber, la dulce angustia de jugarse por un albur, la esperanza cifrada en los sueños que te hace ser mas humano... Lo siento, pero vivir sobre seguro es para otra gente.
Por eso te invito a un juego, el mas desquiciado de los que he jugado en los últimos tiempos. Te invito a que me ignores buscándome, a demorarte en la mirada, a pasar e irse; juega conmigo a no saber que existo para ti.

viernes, noviembre 04, 2005

Y si un día...


Y si un día
De frente a la ciega oscuridad
simplemente desapareciera
si el tiempo me viera
terminar
los dias
las horas
enamorándome del silencio

Y si fuera un cobarde
y me dejara besar
a golpes por la vida
y siguiendo el canto de sirena
me hundiera en un susurro

Y si al final no fuera
como el perdón de los pecados
correría entonces viejo
por un sonido ligero
hacia el calor húmedo
de la arena y el olvido.

miércoles, octubre 19, 2005

Voyeur



Te vi alzar la vista de pronto, como los animales al olor del depredador. Yo estaba más atrás, y no me viste observar tu gesto, escondido en mis anteojos y el tabloide vespertino. Alcanzaba a observar parte de tu perfil, el mentón liso, la cabellera anárquica, la nariz helena, tus pecas de rapaz, y los ojos que en ese momento, entrecerrados, se alzaron intrigados hacia la gente que caminaba, lanzados en la búsqueda de la certeza que tu miope condición no te daba.
Creo sinceramente que no existen las casualidades, que la vida y el universo son un baile de miradas y señuelos que giran al encuentro del sino que la fortuna les ha reservado, y que incluso los devenires más abstrusos tienen un sitio en el minueto sofisticado del orden celestial. Por eso no acierto a tildar de casualidad al lento tango arrabalero que fue tu mirada al levantarse, una seña de luz decadente que se alzó como por última vez sobre los capiteles de todos los cafeteros que a esa hora de la tarde sorbían sus capuchinos en las mesas de avenida Caupolicán.
No podía ser de otra forma. Si tus ojos no se hubieran levantado como el telón ralentizado de una ópera añeja, si no hubieras seguido tu instinto de escrutador astigmático del horizonte, no la hubieses visto. Pero la viste, la sentiste, la observaste venir, media cuadra más abajo, contoneando su figura por la calleja atestada de gente, deslindando el espacio con su andar de fiera en celo, llenando de interrogantes el vacío cotidiano de tu mente. ¿Estabas seguro? Tu seguridad no valía un peso, eso lo supe de sólo ver cómo achicabas los párpados, cómo juntabas fuerza en los ojos y tratabas de deshacer la bruma que la falta de anteojos te ponía como una sentencia delante. Seguro que maldijiste la hora en que la vanidad no te dejó coger los anteojos. Entrecerradas, tus pupilas intentaban darte la confianza del conocimiento, de saber si ese caminar, ese garbo, la forma de mover las caderas, de agitar las manos, pertenecían a la misma divina presencia que creíste reconocer. Ella se acercaba violentamente a tu mesa. Podías ver a Newton y a toda la gravedad del universo como unos niños entre sus piernas. Un aire distinto corría entre ellas, llevándola a tu encuentro.
¿Era ella? Creí leer tus labios cuando susurraron la pregunta que te rondaba la memoria. No la reconociste realmente, así que todo fue supuesto, nada era cierto, todo lo sólido se desvaneció en el aire, al contacto del viento de duda que levantaban sus pechos que se agitaban frutales contra la fiereza de aquel día gris, sabor a lluvia y cortado. Te acomodaste inquieto en tu silla, buscando una posición que te permitiera dominar bien la escena. Ella estaba casi al pasar. Un último esfuerzo de tus ojillos soñadores, y tal vez sí, parecía que sí era, aquella diva del aire que alguna vez te dejó colgado de un sueño para irse con otro, la misma que te llenó de amarguras el corazón, esa a la que hubieras besado la huella de sus zapatos, ella, la que te permitió conocer el cielo y el averno casi al mismo tiempo.
Una fracción, un pedacito de segundo. Ya te levantabas a su encuentro, ya volaba tu sueño al encuentro de la felicidad que se te escapaba por la boca en una sonrisa cuando algo, un gesto, un mohín de su boca, el movimiento acompasado del velo cadencioso y oscuro de su cabello, y la realidad se desmintió. Una cosa apretada y húmeda se desencajó dentro de ti, y fingiste cambiar de posición, al tiempo que ella pasaba por tu lado, con paso firme, levantando la mano para saludar a algún conocido que tú no podías ver. Te giraste del lado contrario al mío, y ya no te pude ver el rostro, seguramente irritado por la estupidez de esperar que la vida te diera un obsequio, un regalo que cerrara el círculo de las noches dedicadas al culto de Onán.Alcancé a ver tu figura huyendo del error. No volteaste, no quisiste comprobar tu desesperada equivocación, no intentaste siquiera una segunda opinión, sabedor de que tu vista no era compañía para el reconocimiento. Huiste de allí acosado por la molestia, sin ver cómo aquellas caderas oníricas que alguna vez adornaron tus manos, cómo aquel talle y esa oscura cabellera vegetal que habías creído reconocer, y que hace algún tiempo eran patrimonio de tu orgullo, se inclinaban sobre mi rostro, ni supiste cómo sus labios tornaban mi lengua en rotunda presa, apenas asomada fuera de mi sonrisa.